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domingo, 15 de diciembre de 2013

Navidad fantasmal

 Navidad fantasmal




Era una casa muy grande, encima de una colina, en un pueblo muy remoto de un país que no era China. Vivían en la casona cuatro fantasmas felices que a nadie molestaban ni asustaban porque no había a quien aterrar ni incordiar, ni ganas que tenían de hacerlo.
Ellos eran felices paseando por la gran casa a cualquier hora sin que nadie intentara echarlos de allí y sin que nadie diera gritos de terror al verlos.
Pero todo cambió para los cuatro fantasmas de la casona encima de la colina el día en que una nueva familia -papá, mamá, dos hijos, la abuela, un perro, un gato, un periquito y tres macetas de geranios- se mudaron a la casa y acabaron con la paz y la tranquilidad de la fantasmagórica casona. Al principio estaban los fantasmas tan asustados y preocupados que decidieron irse a vivir al desván y no dejarse ver ni oír por los nuevos habitantes pero estar allí todo el día y toda la noche era muy aburrido sobre todo para unos fantasmas que nunca duermen.
De modo que, al poco tiempo, empezaron salir un ratito cada noche, para dar un paseo por la casa y estirar un poco las sábanas; eso sí, de uno en uno, para no llamar la atención. Poquito a poquito, y viendo que no pasaba nada, los fantasmas se decidieron a salir más a menudo y, al cabo de unos meses, hasta salían de día aunque, claro está, sin dejarse ver por la familia no fuera a ser que les diera por llamar a uno de esos medios o midius o médiums o como se llamen, que asustaban a los fantasmas con sus horrorosas túnicas y sus cosas raras.
Pasaron, pues, las semanas sin más problema que aguantar unos cuantos ladridos del perro, que el gato los mirara fijamente cuando pasaban a su lado, algo de música estruendosa, peleas de los niños y una abuela que ponía a toda pastilla el volumen del televisor porque era un poco sorda y no quería perderse ninguno de los cotilleos de sus programas favoritos. Los fantasmas seguían sin soportar a los humanos y todo el ruido que armaban pero, vaya, parecía que quizás fuera posible vivir todos juntos, eso sí, ignorándose cuidadosamente los unos a los otros.
Los fantasmas incluso llegaron a pasárselo en grande en Halloween con aquella maravillosa decoración de calabazas, murciélagos, brujas y demás cosas terroríficas, y todos aquellos niños disfrazados de monstruos monstruosos. Durante esos días los fantasmas disfrutaron como nunca y hasta se atrevieron a salir de la casa y dejarse ver por todo el mundo.
Como era Halloween nadie se daba cuenta de que eran fantasmas de verdad y la gente, al verlos pasar, les felicitaban por sus estupendos disfraces. Sí, señor, todo iba bien, estupendamente bien…
Hasta que llegó la Navidad y se lió parda. A los viejos fantasmas de la gran casona -¡qué se le va a hacer!- no les gustaba la Navidad. No porque les pareciera cursi -que sí les parecía-, ni porque pensaran que era ñoña -que lo pensaban-, ni porque creyeran que los villancicos eran horrorosos -que lo creían-, ni porque opinaran que la decoración era espantosa -que lo opinaban-.
A los viejos fantasmas de la vieja casona nos les gustaba la Navidad porque… Porque… ¡Pues porque no les gustaba y nada más! Y cuanto más se acercaba la Navidad, más gruñones se volvían y más refunfuñaban y más se quejaban y más protestaban y más insoportables se ponían.
Finalmente se reunieron en el desván donde vivían desde que tenían compañía en la vieja casona y, tras mucho hablar y mucho discutir, decidieron pasar a la acción y declararle la guerra a la Navidad. Iban a hacer todo lo posible para que no hubiera adornos ni villancicos ni dulces navideños ni nada de nada de nada que oliera a esas fiestas.
Y llegó el día en que toda la familia se puso en marcha para llenar la gran casona de adornos navideños: guirnaldas en puertas y paredes, calcetines en la chimenea, velas en las mesas, figuritas de Papá Noel por todos lados, un precioso árbol en el salón. La casona fantasmal se llenó de luz y olor a Navidad.
Ese día a los fantasmas les salió una horrible urticaria debido a la alergia que todo eso les provocaba y, tras pasarse todo el día rascándose sin parar, decidieron que era el momento de actuar. Se pusieron unos guantes de goma y quitaron todos los adornos navideños que encontraron y volvieron a meterlos en sus cajas… y el árbol lo llevaron, tal cual, al jardín.
Pero a la mañana siguiente, una vez superada la sorpresa y el susto, los niños, sus papás y la abuela, volvieron a colocarlo todo nuevamente en su sitio.
Los fantasmas no se rindieron y, esa noche, llenos de picores y con los guantes puestos, volvieron a recoger todos los adornos navideños… y el árbol lo llevaron al sótano.
Cuando la familia despertó y se encontró con todo recogido ya no se sorprendió ni se asustó tanto. Enseguida les había quedado claro que tenían fantasmas antinavideños en casa pero eso no les iba a impedir celebrar la Navidad, faltaría más.
Es decir, que ellos tampoco se iban a rendir así que vuelta a empezar con toda la decoración por tercera vez. Y los fantasmas volvieron a recogerlo y llevaron el árbol al tejado.
Y la familia volvió a colocarlo todo en su sitio. Y los fantasmas lo quitaban todo. Y la familia volvía a colocarlo.
Que la mamá encendía el horno para preparar galletas o pasteles navideños, iban los fantasmas y lo apagaban.
Que la abuela ponía villancicos, pues los fantasmas los quitaban.
Que los niños escribían cartas a Papá Noel o a los Reyes Magos, los fantasmas se las escondían.
Y así día tras día. Hasta que todos, familia y fantasmas, acabaron agotados y aburridos de quitar y poner, de poner y de quitar. Lo habían hecho tantas veces y estaban tan cansados que, en alguna ocasión, incluso se equivocaron y lo hicieron al revés: la familia quitó los adornos y los fantasmas los colocaron.
Una mañana el papá decidió que lo mejor sería hablar con los dichosos fantasmas y llegar a algún acuerdo o se iban a pasar la Navidad quitando y poniendo cosas. Como no sabía qué hacer para hablar con ellos se le ocurrió que lo mejor era llamarlos a gritos desde el salón de la gran casona.
Y los fantasmas, cansados, enfurruñados y llenos de urticaria, fueron apareciendo uno a uno dispuestos a acabar con aquello de una vez por todas. Estuvieron hablando horas y horas y más horas.
Y hablando y hablando descubrieron los fantasmas que aquella familia les caía bien y la familia descubrió que aquellos fantasmas no eran tan antipáticos como creían… pero seguían sin encontrar una solución a su problema. O seguían con su particular guerra -de la que estaban hartos-, o se iban los fantasmas -que no tenían la menor intención-, o se iba la familia -que tampoco tenía la menor intención-, o se rendían unos o se rendían los otros -y ni los otros ni los unos querían rendirse-.
¿Cómo iban a solucionar aquello?
Y pensaron y pensaron y siguieron pensando hasta que, por fin, a uno de los niños se le ocurrió una idea estupenda. ¿Y si hacían una especie de Naviween o Hallowidad? Si mezclaban ambas fiestas y adornos de las dos quizás les gustara más a los fantasmas y dejarían de tener urticaria.
Y tras meditarlo todos durante un rato decidieron que no pasaba nada por probar… Y eso hicieron. Entre todos, fantasmas y humanos, adornaron el árbol combinando las bolas de toda la vida con pequeñas calabazas y mezclando espumillón con telas de araña. Hicieron guirnaldas con muérdago y murciélagos.
Pusieron figuritas de fantasmas sonrientes vestidos de Papá Noel y Papá Noel montado en una escoba de bruja. Y así con todos los adornos navideños, haciendo una mezcla de lo más curioso. Se prohibieron los villancicos porque les daba dolor de cabeza a los fantasmas pero a cambio los fantasmas les enseñaron unas canciones muy divertidas y unos dulces muy curiosos.
En fin, que aquellas fiestas, Navidad lo que se dice Navidad no parecían pero divertidas lo que se dice divertidas, lo eran un rato y todos se lo pasaron en grande.
En realidad les gustó tantísimo tanto a humanos como a fantasmas que, a partir de entonces, en la gran casona de la colina de un país que no era china, al llegar el invierno, se preparaban con entusiasmo para celebrar Naviween o Hallowidad o como quieras llamarlo.
Fin

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El consejo de Papá Noel

 El consejo de Papá Noel




En la víspera de Navidad se encontraba papá Noel revisando sus listas y envolviendo los regalos con un hermoso papel dorado.Así, colocaba con cariño en sus cajas los juguetes que iba a regalar. Y mientras lo hacía se ponía a imaginar las caritas felices y sonrientes de los pequeños y pequeñas que los esperaban con gran ansiedad.
Papá Noel le daba a cada juguete estas instrucciones precisas y consejos sabios:
“Mis dulces ositos de peluche, recuerden que siempre deben estar atentos, en especial cuando cae la noche, pues deberán ahuyentar toda sombra o espanto y darle a los pequeños suaves abrazos y susurrarles arrullos para que tengan sueños tranquilos, divertidos y brillantes”.
“Y ustedes, soldaditos de plomo y de madera, no se olviden de proteger con orgullo las puertas y ventanas en las habitaciones de sus nuevos dueños, no permitan que entre ningún enemigo, ni ratones metiches o gatos gandules, ni fantasmas babosos ni nadie de corazón oscuro”.
“A las hermosas muñequitas con sus lindos vestidos, les pido que cada tarde al tomar el té, les enseñen a las niñas a ser dulces y gentiles, que nunca se olviden de ser damitas elegantes, inteligentes y valientes, díganle a mis pequeñas que todas, absolutamente todas son princesas … incluso aquellas que juegan al fútbol, al rugby o que siempre usan pantalón”.
Aquella noche papá Noel aconsejó a cada juguete, todos, desde muñecas hasta balones, soldaditos, canicas, ositos, dinosaurios, bicicletas, patines y todo lo que puedas imaginar, para que cada juguete pueda darte mucha felicidad. Porque Papá Noel quiere que todos los niños y las niñas estén contentos y seguros y que sean todos protegidos y amados.
Así que recuerda que esta Navidad, cuando abras tus regalos, no sólo recibirás tus juguetes anhelados, sino también los dulces pensamientos de alguien que te quiere y te quiere feliz de verdad.
Fin

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El duende cantor



El duende cantor
 
 

- Navidad, Navidad, dulce Navidad…
- ¡Que alguien calle a este duende cielos santos! - Si vuelvo a escuchar una vez más esta canción, enloqueceré.
Tilín, el duende cantor, hacía su trabajo con mucha alegría y por eso cantaba todo el día. El problema era que cantaba siempre la misma canción.
Todos estaban aburridos de escuchar siempre lo mismo, incluso Papá Noel.
- Hable con él – Suplicó un duende a Papá Noel- dígale que aprenda otra canción ¡Por favor!
- No quiero lastimar sus sentimientos –contestó
- Pero se están lastimando nuestros oídos ¡Haga algo por favor! ¡Encima de todo, desentona el pobre!
Papá Noel llamó a Tilín. No quería decirle que desafinaba y que todos estaban aburridos de escucharlo cantar, pero por el bien de todos, algo debía decirle (Tilín venía cantando).
- Haz un poco de silencio hijo, necesito decirte algo.
- Soy todo oídos –contestó Tilín
- Yo no estaría tan seguro… eh, quiero decir que estoy seguro que otras canción has de saber ¿no es así?
- No, no es así- Contestó Tilín-
- ¡Caramba, caramba! Pero puedes aprender otra.
- No gracias, me gusta ésta, pero si quiere podría cambiar el ritmo ¡Buena idea! Le cambiaré el ritmo- dijo Tilín y se fue
La mañana siguiente comenzó en silencio, los duendes trabajan tranquilos, hasta que de pronto, comenzó a escucharse una guitarra y la voz de Tilín:
- Navidad, Navidad… dulce Navidad (en tono de zamba).
- ¿Dónde se ha visto un duende con poncho y guitarra? –preguntaban unos.
- Si al menos afinara… -Decían otros
Tilín vio que el cambio de ritmo no había tenido mucho éxito, pero no se desanimó. Por la tarde, apareció con una guitarra eléctrica, sin el típico gorrito verde y con los pelos parados.
Al ritmo de un alocado rock, comenzó nuevamente.
- Navidad, Navidad … dulce Navidad
- ¡Basta por Dios! ¡Basta! Ya no aguanto más – Gritó el duende más anciano.
Tilín dejó la guitarra eléctrica, se puso nuevamente el gorrito y con los hombros bajos se alejó del taller.
- ¿Era necesario ser tan duro con el pobrecito? Mire cómo se va arrastrando los pies ¡Cuánta crueldad!
- A usted tampoco le gusta como canta ¿O me va a decir que sí ahora?
- Y no, la verdad que no me gusta, pero es un niño…
- Si, un niño que canta muy mal y como si esto fuese poco, siempre la misma canción.
- Seguro que lo frustró, ahora no va a cantar más.
Antes que el anciano duende pudiera alegrarse, volvió Tilín esta vez con un saco arremangado, bermudas, lentes de sol y una gorra con la visera puesta hacia atrás.
A ritmo de rap comenzó:
- Navidad… Navidad… dulce Navidad…
Entró Papá Noel y casi se le cae la barba de la sorpresa. El niño no se daba por vencido, cada vez cantaba peor y por diferente que fuera el ritmo, la canción era siempre la misma.
- Algo debo hacer, si este niño no se calla me quedaré con el taller vacío.
Pensó muy bien qué decirle, no quería quitarle la libertad de expresión, pero tampoco tenía intenciones de seguir escuchando la misma melodía toda la vida.
Por la noche y antes de desearle a Tilín que soñase con los angelitos, se sentó al borde de su camita y le dijo:
- Mira Tilín, yo entiendo que siempre cantas la misma canción porque es la que más te gusta, todos tenemos una canción preferida, pero también hay muchas otras canciones que nacen del corazón.
El pequeño miraba a Papá Noel sin entender demasiado.
- Lo que quiero decirte es que tal vez, si buscas dentro tuyo, encuentres muchas más melodías que ésta ¿Por qué no buscas en tu corazón y tal vez encuentras alguna canción nueva y que exprese mejor tus sentimientos?
El niño se durmió y Papá Noel antes de cerrar sus ojitos pensó: “al menos lo intenté”.
A la mañana siguiente Tilín entró al taller en silencio. Todos los duendes lo miraban y se miraban entre ellos, aliviados y sorprendidos. De repente, una melodía diferente comenzó a escucharse: (Tilín cantando suavemente)
- Por las dudas, no hagamos comentarios, a ver si se acuerda de la otra canción y vuelve con ella – Dijo el duende anciano.
- No es feo lo que canta realmente – agregó otro.
Por la tarde y las tardes que siguieron Tilín entonaba o desentonaba, mejor dicho, diferentes melodías. -
¿Milagro Navideño? -Preguntó un duende.
- Ningún milagro – Dijo Papá Noel muy feliz – Sólo dejó de repetir una melodía ya aprendida de memoria y que creyó que era su preferida para buscar una propia. Encontró en su corazón su propia música, ni mejor, ni peor, propia y única.
Y fue así, que cada duende comenzó a cantar y no necesariamente bien, pero sí con sentimiento y el taller de Papá Noel se convirtió en un coro de duendes. Único e irrepetible, como la canción que cada uno de nosotros lleva en el corazón.
Fin

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jueves, 12 de diciembre de 2013

HISTORIA DE LAS CAMPANAS


Escrito por ANDREA RAMIREZ   


Las tradicionales campanas navideñas antiguamente cumplían la misma función que las velas, ahuyentar a los malos espíritus.

Al sonar las campanas navideñas de las catedrales y las iglesias, indican para los cristianos el momento del culto y la oración, siendo un llamado a la meditación y la reflexión.

Son también un símbolo de la alegría de la navidad por lo que siempre deben estar presentes en los árboles y en todos los hogares.
campanadepisa 
El uso de las campanas para anunciar cualquier acontecimiento más o menos notable es muy antiguo, pero en la Iglesia comenzaron a usarse en un tiempo relativamente tardío.

El aviso para los Oficios Divinos, en los primeros siglos, se hacía de viva voz; parece que existieron unos diáconos, cuyo nombre era "cursores", que avisaban de casa en casa.

El uso de las campanas aparece en la Iglesia Occidental, en el siglo VII y en la Oriental, parece que no se usaron antes del siglo IX, apareciendo las primeras campanas en Santa Sofía de Constantinopla. L
áminas de madera, golpeándolas unas contra otras; una barra de metal, bocinas o trompetas (prescritas por la Regla de San Pacomio para congregar a los monjes).

Cuando se pusieron en uso las campanas, en un principio, no había más que una en cada iglesia, multiplicándose posteriormente.

Al crecer el número de campanas, como asimismo el volumen de las mismas, se vio la necesidad de construir torres para colocarlas debidamente y para que la sonoridad de las mismas pudiera esparcirse más.
OFICIO DE LAS CAMPANAS
Las voces de las campanas, fomentan las relaciones espirituales y nos ayudan sobrenaturalmente recordándonos aquella festividad que se conmemora o aquella función religiosa que va a celebrarse; excitan en nosotros sentimiento de tristeza, si doblan a muertos, o nos dan alegría, si sus repiques recuerdan alguna efemérides célebre o algún acontecimiento que no debe pasar desapercibido, o incluso, nos dan a veces la señal de alarma, por algún peligro que se cierne sobre nosotros. 
BAUTISMO DE LAS CAMPANAS
Poniendo de manifiesto la importancia de las campanas a la solemnidad con que se realiza su bautizo, cuyo acto ritual cumple el Obispo, o su delegado revestido con capa pluvial blanca, acto que tiene lugar de la manera siguiente: se reza por quien bendice junto con los otros Ministros asistentes los Salmos 50, 53, 56, 66, 69, 85 y 129. Se bendice la sal y el agua con la que se lava la campana; después se seca con un trapo, rezando los otros Salmos. El Oficiante hace con el pulgar de la mano derecha sobre la campana una cruz con el aceite de la Santa Extremaunción; y dice una oración que se refiere a las trompetas de los hebreos convocadoras del pueblo, y después, bendice la campana, invocando las virtudes de los metales fundidos contra los elementos diabólicos y adversos.

Limpia la campana de la cruz hecha; el coro canta la antífona con el Salmo 28; entre tanto el Oficiante practica siete cruces con el dedo mojado en aceite en el exterior, y con el Crisma, cuatro en el interior, diciendo: Sancti ficetur et conse cratur, Domine, signum istud. In nomine Pa tris, et Fi lii, et Spiritus Sancti. In honorem Sancti N. Pax tibi. Otra oración bendicional, esparcimiento por dentro de la campana del humo del incienso, rezo del Salmo 76 y, por fin, lectura por el diácono del Evangelio introirit Jesus quoddam castelium del capítulo 10 de San Lucas.

Cuando en los días de Jueves Santo y Viernes Santo, las campanas enmudecen, tocan para señalar las fiestas o actos del culto, la matraca, que es una rueda de madera que hay en el campanario y que al dar vueltas los mazos de madera de que está compuesta, resuenan como unos timbales destemplados, produciendo un sonido seco y extraño, que no obstante de sus pequeñas dimensiones, se percibe el sonido a bastante distancia.

Cuando en un campanario, se coloca una campana nueva bautizada y apadrinada, era costumbre en aquellos tiempos, que el Señor Deán, u otro miembro del Cabildo Catedralicio, se trasladara al lugar de procedencia y con un diapasón medía el sonido de la mencionada campana, y soplando con dicho instrumento, comprobaba sus notas nominales.

El diapasón: es un instrumento usado para comprobar el sonido o nota que ha de producir.

TOQUE DE TEMPESTAD

Se sabe de algunos casos de morir electrocutados los campaneros o sacerdotes encargados de tocar las campanas en época de tempestad; por ello ha ido desapareciendo esta costumbre.

En Casa de la Selva, había una costumbre de tocar las campanas durante las tempestades, costumbre arraigada en otros muchos lugares con el propósito de espantar las tempestades, hasta que el Ayuntamiento de dicha población estimó peligrosa dicha práctica y que la manera de prevenir posibles desgracias consistiría en dotar las Iglesias de pararrayos, por lo que acordó prohibir el toque de campanas en caso de tempestad. El Vicario General de esta diócesis creído que la práctica de tocar las campanas en las tempestades era piadosa, se levantó contra tal acuerdo que fue confirmado por el Gobernador Civil de la Provincia; después recurrió contra el Tribunal del Contencioso administrativo, que se declaró incompetente para conocer de la demanda; pues las gestiones de Seguridad e Higiene podían ser objeto de contencioso.

Esta prohibición fue establecida a la vista de los casos que habían ocurrido al morir electrocutados los campaneros que se atrevían a tocar a mal tiempo a causa de caer en el campanario un rayo.

LAS ÚLTIMAS CAMPANAS - Una subterránea lágrima -
La CAMPANOLOGIA, en Huesca, está en trance de desaparecer, pero lo grave es, que también están a punto de desaparecer los profesionales de las campanas, los campaneros, llevándose con ellos el testimonio vivo de su saber y su arte, por fortuna el antropólogo de las campanas, FRANCESC LLOP I BAYO está rescatando los toques de campanas de Aragón.

Según él, también nos cuenta, que en el extranjero hay numerosísimos trabajos sobre campanas y una extensa bibliografía, asociaciones de campanas - de hasta 20.000 afiliados y una revista semanal, como es el caso de Inglaterra -, en España, en cambio, no hay hecho casi nada, y segundo, porque queremos saber cómo ha funcionado este hecho cultural, comunicativo.

- En las campanas hay tres aspectos: El histórico, inscripciones y archivos; el musical y el aspecto cultural y Social: Lo urgente es ahora estudiar este último, que es lo que está desapareciendo.

El problema es que los campaneros están en trance de desaparición. Ya sólo quedan en todo Aragón unas docenas de personas que saben tocar las campanas; - la casi totalidad muy mayores -, de los cuales continúan tocando en la actualidad un pequeño porcentaje. Lo acuciante es recoger los toques que saben.

El trabajo es urgentísimo "recoger" a todos los campaneros, no sólo lo que hacen, sino qué técnicas emplean; las manos, los pies, los codos, subidos a la escalera, encima de la campana o debajo de ésta desde la calle... y luego, el resultado que se obtiene con esas técnicas; Qué es lo que toca y qué significa. El resultado de este enorme esfuerzo será una monografía de cada sitio y un informe comparativo de todos ellos, base para la tesis doctoral del mencionado Antropólogo. Ha sido según él, la colaboración de la grabación, realizada en unos cuantos días, toques de campanas de unos cuantos lugares de Aragón y de Valencia para el archivo de música Digital Tradicional de París, dependiente de la UNESCO.

"Hablando de campanas" el origen en estos momentos, es muy difícil de establecer. La Campana es un instrumento más antiguo que el tam-tam ya que trabaja por categorías, que es una forma anterior de hablar. Funciona por categorías temporales y sociales.

Hablan de partes del tiempo; así, el toque de media mañana es a misa, pero también que las mujeres lo dediquen para hacer la comida y los hombres, paren un rato. Al ser los toques más largos para adultos que para niños, para ricos que para pobres, para hombres que para mujeres, éstos reproducen categorías sociales.

El empleo de la repercusión es muy antiguo. Pero el empleo de campanas en Europa parece que empieza en el siglo VII; en el VIII y el noveno se dan normas de toques; pero éstos no se parecen nada a los de ahora. El Concilio de Trento marca la época en que se delimita ser los toques en las Catedrales y grandes parroquias.

- Los toques de campanas son ese medio de comunicación tradicional que transmite mensajes que la gente escucha y sabe interpretar; que constituye el tiempo comunitario, marcando ritmos temporales colectivos; los toques también indican el espacio donde ocurren cosas importantes para el grupo y asimismo cierta representación de la estructura Social. Lo religioso y lo civil están completamente mezclados.

¿Alguna anécdota curiosa? - Sí, por ejemplo, que en Zaragoza, por Semana Santa, mataban las campanas. Decían que como Dios estaba muerto las campanas morían también. Las ataban en posición horizontal y no sonaban hasta el Sábado de Gloria. En el Pilar mataban incluso a la campana Pilar, que era la que estaba en el centro. La gente cría que las campanas alejaban las tormentas. Cuando el Campanero de Ateca toca contra las tormentas, lo interpretan así:

Tente nublo
tente tú
que Dios puede más que tú.
Si eres agua ven acá.
Si eres piedra vete allá.

El toque contra tormenta solía coincidir con la salida del cura a esconjurar; si, pese a todo, tronaba mucho, y es que el cura era mal esconjurador o que el campanero tocaba mal. A veces decían que el campanero lo hacía mal aposta, porque le pagaban poco.

En otro lugar había una campana milagrosa y buena, porque una vez, cuando se cayó, mató al único que no era del pueblo, al forastero.

¿Y los toques?
- En cada sitio los toques son distintos, y distinta la técnica y los ritmos. El número de toques valía mucho; desde seis en los pueblos pequeños hasta pasar de cien en una ciudad grande.

En Aragón no han encontrado toque de alarma. Ni toque para llamar a los cazadores a que se despierten y salgan (esto lo hemos oído en Castilla). Tampoco el de dula, que era cuando salía el pastor comunitario; y eso que la dula es una institución muy aragonesa, y tuvo que existir ese toque. Ni de compra-venta; como lo hay en Cataluña. ¡Ni el de llamar a los quintos, como en Castilla! Pero sí se han encontrado toques de muertos muy variados; en Alcorisa, había tres toques de muertos: de tercera, de segunda y el entierro gordo.

Tampoco han sido hallados toques de bodas, de parto, bautizos y Comuniones. Pero Sender, habla de toques de nacimientos en Chalamera.

Toques de niño muerto con el bautizo. Por cierto, que a los toques de niños muertos se les da muchos nombres: mortijuelo, parvulillo, infantico, retajo, Funeral de Angel y funeral de Gloria.

- También hay técnicas de campanas muy raras y con toques muy raros.

Por ejemplo, donde hay sólo dos campanas, como es el caso de los pueblos pequeños, se repica con una cuerda en cada mano. Para repicar cuando hay tres campanas, se utilizan tres cuerdas a cada badajo correspondiente. Cuando hay cuatro campanas, la cosa es más sencilla porque salen más notas musicales, y aunque éstas son más complicadas, en el arte de los repiques de las mismas; porque éstas el campanero tiene que tener sujetas en ambas manos una cuerda que lleva dos campanas e igualmente otra, que lleva otras dos, y tocan a su ritmo las cuatro a la vez. Ahora bien, cuando se trata de voltear las campanas, eso ya es otra historia; cuando la campana es grande, intervienen varias personas.

¿Las campanas? - En las ciudades, los campaneros solían combinar una profesión con otra - como la de zapatero -, que le permitiese subir a la torre las seis o siete veces que tenían que hacerlo al día.

En Teruel, los campaneros viven en la torre todavía.
LEYENDA DE CAMPANAS
De todas las campanas famosas, ninguna merece tanta fama como la de Velilla, villa aragonesa que en otro tiempo formaba parte de la baronía de Quinto. Otras campanas son célebres por su tamaño, por su valor o por la distancia a que se oye su tañido; la de Velilla, es porque tañe sola, o mejor dicho tañía, porque ya hace siglos que nadie ha visto repetirse el prodigio.

Tan notable campana, perteneciente a la iglesia o ermita de San Nicolás, dícese que en otro tiempo repicaba por sí sola siempre que iba a ocurrir alguna desgracia o desventura, lo que hizo que se le llamase campana del Milagro. Más bien debieron llamarla de los milagros, puesto que el que indicado queda no era el único; la tradición supone que esta campana vino allende los mares, navegando sobre el Ebro, y en la mencionada iglesia, hay un antiquísimo retablo en el que se ve la campana pintada en compañía de barcos, siendo objeto de la devoción de una porción de figuras arrodilladas todas ellas con el traje godo, lo que hace suponer que la campana existía ya en tiempo inmemorial. Además, el badajo, en vez de moverse como lo hacen todas, repica en cruz, primero a oriente, a poniente después, luego al norte y, por último, a mediodía, señalando así los cuatro puntos cardinales del mundo; y por si no era éstas bastantes maravillas, afírmase que el badajo ha crecido algunas veces hasta más de un palmo, volviendo luego a su primitiva longitud. Otras muchas cosas se cuentan, que con razón dan fama a la campana de Velilla, entre ellas, que jamás ha sido posible detener el badajo mientras estaba repicando, y que en cierta ocasión, habiéndose acercado a ella para adorarla un familiar del Santo Oficio, recibió en el rostro tan recio golpe. que cayó en tierra sin sentido y estuvo con cuartanas todo un año.

Casi innumerables son las veces que un suceso infausto para los españoles, o cuando menos para los aragoneses, ha sido anunciado por la famosa campana. La última vez que sonó, parece que fue el 28 de marzo de 1667, aunque no falta quien afirma que ha vuelto a repicar en el siglo XVIII y hasta en el XIX; no hay que decir cuántas y cuáles habrán sido las extraordinarias hipótesis con que se ha querido explicar el prodigio; atribuyendo unos a hechicería, otros haber sido fundida la campana bajo la influencia de alguna constelación particular, éstos a que en su fundición pudo entrar una de las monedas en que Judas vendió a su Maestro, aquellos, en fin, a ensalmo producido por el siguiente verso en ella grabado y atribuido a la Sibila de Cumas, Christus rex venit in pace, et Deus homo factus est. Verdad es que no falta tampoco quién crea que, por lo menos algunas veces, la prodigiosa campana ha repicado de orden superior, obedeciendo a cualquier designio político.

El reverso de la célebre campana de Velilla lo tenemos en la de Saint-Gall, fundida por el monje Tancho para Carlomagno. La campana de Saint-Gall no tañía jamás, y su silencio no tenía más objeto que castigar una grave falta del fundidor.

Tancho, no pudiendo resistir a la tentación, había hecho una campana magnífica, pero la plata que debía entrar en su composición, se la había guardado bonitamente, sustituyéndola por vulgarísimo estaño. Colgada la campana de su campanario, el sacristán, el campanero, los chantres y hasta los soldados de la guardia del Emperador, hicieron varios esfuerzos para repicar: La campana permanecía muda. Por último, el monje fundidor, temblando de espanto, se acerca y tira a su vez de la cuerda; el badajo desprendiéndose por sí solo, cae y le aplasta en castigo de su crimen.

La campana de Nuestra Señora de París, tiene también su leyenda; aunque no la tuviese, la extravagante figura del campanero Cuasimodo, bastaría para hacerla célebre. Todo el mundo sabe que desde el Miércoles Santo hasta el Sábado de Gloria, las campanas de las iglesias dejan de sonar en señal de duelo y son sustituidas por el estridente chirrido de las carracas. En muchas partes, creen las gentes sencillas que durante estos días se van las campanas a Roma, y en las orillas del Rin, los niños creen seriamente que hacen ese viaje para beber leche y comer miel en la ciudad Santa. La campana de Nuestra Señora va, naturalmente dirigiendo en tan largo viaje a las demás campanas de Francia.

En otra iglesia de Nuestra Señora, en la de Aquisgrán, hay una campana de la que se cuenta que al marcharse a Roma se lleva un trapo que los niños la arrojan al paso, y que le sirve como de vela en su navegación por los aires. El domingo de Pascua, por la mañana, la campana reaparece envuelta en un paño nuevo.

Vie, May. 22, 1998 ¿Ha oído alguna vez el lector hablar de las campanas de Ems? El diablo, a quién molesta todo lo que huele a iglesia, se cansó una vez de oírlas repicar y las arrojó, las ahogó, como dice el vulgo, en el pantano de Wahrendorf. Cuando se pasa junto a la laguna, no hay más que echar en ella una moneda y se oirá en el fondo el lejano repique de las campanas ahogadas que suenan agradecidas.

Los bretones del Armor aseguran que en el fondo del mar se oyen sonar las campanas de la ciudad de Ys, ciudad legendaria que en época desconocida se tragaron las olas. No se sabe ni siquiera en qué punto del abismo se encuentra la ciudad; acaso viaja bajo las olas como los restos de un naufrago arrastrados por las corrientes. De un modo análogo, en las vacilantes costas de Holanda, donde la historia y la tradición citan tantas ciudades y aún provincias enteras sumergidas, los marinos aseguran que en tiempo de calma se ve a través del agua transparente los campanarios de las iglesias, y que los domingos se oyen perfectamente el repique de sus campanas.

Cerca de un pueblo de Alemania, junto al camino, encuentra el viajero una campana; he aquí como explica el vulgo su presencia en aquel sitio.

Una joven, que había servido de madrina a la campana el día que se la colgó en el campanario, fue a la iglesia para casarse. A la salida, hizo por broma señal de que bajase a su ahijada de bronce, que allá en lo alto de la torre repicaba a más y mejor.

La campana obedeció; desprendida del campanario cayó sobre el coche, y fue imposible sacarla de él hasta después de recorrer una gran distancia, cuando al fin se logró apearla, la dejaron al lado del camino, y allí sigue todavía, desde entonces, es costumbre que todas las novias que pasan junto a ella le hagan una cortés reverencia.

Recordemos, en fin, entre las campanas legendarias a la Saufang, la campana más antigua del mundo, que se conserva en el Museo de Colonia.

Su nombre significa "hallada por una cerda", porque se dice que una marrana, sin perdón, la desenterró el año 613 entre las iglesias de San Pedro y Santa Cecilia.

Es una campana pequeña, apenas de medio metro de altura, y a no ser por su tamaño, parecería más bien un cencerro de vaca.
SOBRE LA CAMPANA
Es opinión generalizada la que atribuye la mención de las campanas, a la Campania, (Italia) por haberse empezado a fundir allí las campanas más grandes y de más calidad del bronce.

Durante los años 604 a 606 se mandó que en todas las iglesias católicas, se colocaran campanas que tocasen en los Divinos Oficios, misas solemnes y festividades.

Las campanas simbolizan a los Prelados, predicadores y confesores, y así como ellos llaman a los fieles para que vayan a escuchar la Palabra Divina; a rezar y pedir a Dios, por el cumplimiento de todas las obligaciones del buen cristiano, los Predicadores y confesores con su ejemplo y persuasión, han de atraer a los fieles.

La dureza del metal de las campanas, significó la fortaleza y la constancia de los Prelados y Predicadores para reprender los vicios.

La Misa Mayor, se toca para aquellos fieles que concurren a presenciar el más grande Sacramento del Amor a Jesucristo y al alzar la Hostia se toca la campana más grande del campanario, en cumplimiento de la disposición de Gregorio IX, en 1240, para que los fieles que no estén en la Iglesia, recen con reverencia y pidan a Dios en aquellos momentos de augusta adoración.

Cuando se quiere anunciar que en una Iglesia hay sermón, se toca una sola campana, simbolizando que es un solo Evangelio el que predica la Iglesia, una sola doctrina y una sola ley de Cristo y la Palabra Divina.

Son tres toques de oración cotidianos, que todo el mundo conoce; son por la mañana, en rememoraciones de la Resurrección; al mediodía, en memoria de la Pasión y el vespertino, que es el más solemne, en recuerdo del supremo momento de la Encarnación.

Durante los días antes citados de Semana Santa, no se tocan las campanas al igual que a los Obispos, Pastores y Predicadores evangélicos, en los cuales en semejanza al símbolo bello que enmudecieron huyendo de la Pasión en aquellas fechas que estuvo Jesucristo en el Sepulcro hasta que resucitó.

En cambio, en las grandes festividades que la Iglesia conmemora, suenan todas las campanas para representar la gran y cabal alegría de la Iglesia Militante, a la imitación de la Triunfante.

Una disposición canónica dice que las catedrales tengan cinco o más campanas; las parroquias dos o tres; y las Iglesias de Ordenes mendicantes u Oratorios particulares, una.

En los Concilios celebrados en 1584, 1585 y 1590, prohibieron que las campanas se destinen a otros usos que los religiosos; pero en el siglo XVI, la Congregación de obispos y regulares dispensó de tal prohibición en casos de utilidad pública, como todos recordarán haberlos oído, anunciando fuego, mal tiempo, etc.

En época de los romanos las campanas tenían diferentes fines: indicaban la apertura del mercado, la hora de baños, avisaban el paso de los criminales al suplicio, la aproximación de un eclipse y otros acontecimientos en los que era costumbre señalarlos con las campanas. Además, se colgaban en el cuello de las bestias como amuleto para ahuyentar los lobos.

Hasta el siglo XIII, fueron de reducidas dimensiones las campanas, debido a las dificultades existentes. El Rey Roberto, regaló en el siglo XI a la Iglesia de Orléans, una campana que tenía por grande y tan solo pesaba 2.600 libras.

La de Canterbury, se necesitaron veinticuatro hombres para tocar una campana.

La más antigua de las campanas de la iglesia, es la de Chumascah, en Irlanda, de antes del siglo IX y de 8 pulgadas de diámetro y un pie de altura.

La de Toledo (siglo XVI) tiene tres metros de diámetro y pesa aproximadamente 40.000 libras.

La de la Torre Nueva del Pilar de Zaragoza, según dicen pesa 9.000 kg.

En Francia, la más gruesa es la de Montmatre, que pesa 18 toneladas.

La de Birma en Amarapura, pesa 117.000 kg.

La más colosal de Europa, es y ha sido la de Colonia (Alemania).

Al lado de estas enormes campanas, parece que las de Gerona han de hacer un mal papel, pero no es así. Sin llegar a esos pesos extraordinarios, está la "Beneta" de la Catedral, que pesa 4.800 Kgs. y bien cerca de los 2 ms. de diámetro y en cuanto a sonoridad y antigüedad también es digna de tener en cuenta.

Desde el siglo XII, las inscripciones de las campanas se hacía fundiendo el metal, pero desde mediados del siglo XIII se pone la fecha a relieve, mejorando la parte estética.

La sonoridad de nuestras campanas, es lo más importante, más que la grandeza y el peso, sonoridad que no deja de tener un vivo interés, debido a la manera que ha sido construida y la composición de sus metales.

La misión de los campaneros, es llamar a los fieles a los actos del Culto, pero tienen otras misiones. Y en efecto, por el sonido de las campanas, se extiende a los cuatro vientos la fiesta religiosa que se está celebrando o se celebrará. (*)
(*) Fuente: "Historia de las campanas", por Pascual CALVETE HERNÁNDEZ publicado en "Campaners" nº 4, Gremi de Campaners Valencians, Valéncia, 1991

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Una Navidad en el bosque

Una Navidad en el bosque - Cuento de Navidad

 

 

La amistad es el tesoro más valioso de una persona

Érase una vez un bonito pueblo en medio de un frondoso y colorido bosque habitado por unos alegres animales. Cada año, con la caída de las primeras nieves y la llegada de las estrellas de luz, se reunían en torno al Gran Árbol para preparar la Navidad y conocer una de las noticias más esperadas de la temporada. Todas las actividades que realizaban en aquella época tenían como objetivo la convivencia, el fomento de la amistad y la diversión.
El concurso de cocina navideña, organizado por la Señora Ardilla, hacía las delicias de los más comilones, pues los platos presentados eran degustados al finalizar la competición. Los más pequeños participaban en la tradicional Carrera de Hielo, que tenía lugar en el lago helado y acudían cada tarde a los ensayos de la Señorita Ciervo, encargada del coro que alegraba con sus villancicos todos los rincones del bosque.
Y, por supuesto, estaba lo mejor noche de todas: la Nochebuena, en la que se representaba una obra de teatro que tenía como tema central la amistad. El Señor Búho, como director de la escuela de teatro, seleccionaba una pieza de entre todas las que enviaban los animales aspirantes a ser los elegidos para llenar de paz los corazones de los habitantes del bosque, pero ese año:
- Bienvenidos todos a la reunión preparatoria de la Navidad, dijo el Señor Búho posado en la rama más robusta del Gran Árbol. Este año, la elección de la obra ha estado muy reñida porque todas las propuestas eran de gran calidad, pero había que elegir un ganador. Así que sin más demora demos un aplauso al Sr. Conejo, autor de la obra ganadora 'Salvemos el bosque'.
- Gracias, gracias, es un honor para mí, exclamaba Conejo entre aplausos. - Bien, pues ya sabéis que mañana a las diez daremos comienzo a las pruebas de selección. Rogamos puntualidad a los interesados, concluyó el Sr. Búho.

Evita los celos en los niños




Al día siguiente, a la hora convenida, comenzó la selección. Al ser un musical, las pruebas se centraron en las habilidades de canto y baile, pues eran requisitos imprescindibles. La obra contaba la trama de un guardabosque que debía salvar la flora de un malvado leñador, obsesionado con cortar un Árbol milenario y arrasar todo lo que se pusiera en su camino.
En su lucha por preservar el entorno natural, el guardabosque contaba la inestimable ayuda de un girasol y de un lirio que ponían su astucia al servicio de la noble causa. Tras varias horas, los papeles quedaron repartidos de la siguiente manera: el Sr. Oso haría de guardabosques, Castor sería el vil leñador, la Sra. Pata representaría al girasol, y la Sra. Lince, al lirio. Al principio todo marchaba estupendamente, los actores estaban contentos con sus papeles y trabajaban duro para perfeccionar sus actuaciones, hasta que hizo su aparición el peor de los fantasmas: la envidia.
- Sr. Conejo, creo que Castor tendría que tener un poco más de protagonismo. El leñador está lleno de matices y podríamos crear unos espectaculares efectos especiales que dejarían al público boquiabierto, dijo el Sr. Búho en uno de los ensayos.
- Sí, puede que tengas razón y deba retocar el texto para darle más peso a Castor. Podemos hacer un juego de luces y sombras cada vez que aparezca y realzar su papel.
Ante estas palabras Castor se puso muy contento, pues estaba muy ilusionado con la obra, pero Oso no lo vio con los mismos ojos. Si a Castor le daban más protagonismo, eso significaba que él dejaría de ser el protagonista absoluto, y eso no le gustó nada. El ensayo del día siguiente fue un caos. En lugar de avanzar, daban pasos hacia atrás. Oso no colaboraba y Castor, que se había dado cuenta de lo que estaba pasando, estuvo muy arisco.
Por si fuera poco, el vestuario también había sido fuente de conflictos entre las chicas. La Sra. Pata consideraba que el vestido de la Sra. Lince era más llamativo y que debían haberlo echado a suertes. La tensión en el escenario se podía cortar y el desastre no se hizo esperar, y durante el ensayo de la escena final, que reunía a todos los actores en el escenario para interpretar el número final comenzaron a empujarse unos a otros con tal brío que parte del decorado se rompió.
- Orden, orden, pero bueno ¿qué pasa? preguntó Conejo encolerizado. Habéis echado a perder el trabajo de varios días y de todos los que han colaborado en la puesta en escena. Quedan sólo dos días para Nochebuena, pero si tuviéramos más tiempo os echaría a todos de la obra. Se acabó el ensayo por hoy. Conejo estaba rabioso, no entendía nada. Pero ¿cómo podían pelearse por una cosa así?


Al día siguiente los habitantes se despertaron siendo testigos de un acontecimiento terrible: la nieve había desaparecido y las estrellas de luz se habían apagado. ¿Cómo era posible? Asustados, los animales se congregaron alrededor del Gran Árbol, en busca del sabio consejo del Sr. Búho.
- Queridos habitantes del bosque, el espíritu de la Navidad se ha ido, sentenció Búho.
- ¿Y cómo podemos hacer que vuelva? preguntó asustada la Sra. Ardilla.
- Nos vamos a quedar sin Navidad, se oyó decir a un lobezno.
- Hoy es un día muy triste. La envidia ha desatado unas reacciones negativas en cadena. La nieve se ha derretido, las estrellas han dejado de lucir y la obra de teatro peligra.
Oso estaba escuchando tras un arbusto y tenía miedo a salir porque sabía que era el desencadenante de la situación, pero había que ser valiente y afrontar las consecuencias de los propios actos, así que se decidió a salir.
- Lo siento mucho. Si hay algún culpable, ése soy yo. Me cegó la envidia. ¿Qué puedo hacer para enmendar mi error?
- No, no tienes por qué cargar con las culpas tú sólo, yo también he contribuido con mi mal comportamiento. Si sirve de algo yo también lo siento, se lamentó Castor.
- Si te hace ilusión, te cambio el vestido, me importa más tu amistad que un trozo de tela, exclamó la Sra. Lince dándole un abrazo a la Sra. Pata.
- Mirad, ¡está nevando! gritó con entusiasmo una voz.
- Sí y parece que en el cielo brillan de nuevo las estrellas. ¡El espíritu de la Navidad ha vuelto!, se oyó.
Ese año, la Navidad se vivió con mucha intensidad en el bosque, al fin y al cabo estuvieron a punto de perderla para siempre. Habían aprendido la lección y ahora sabían que la envidia cegaba y tenía unos efectos muy negativos que no se podían controlar. Así que para que no se les olvidara nunca construyeron una gran placa de madera que colgaron del Gran Árbol. En ella se podía leer la siguiente inscripción: "El tesoro más valioso que posees es la amistad, cuídalo todos los días y crecerá".

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Cuento de Navidad

Cuento de Navidad fue escrito por Charles Dickens en 1843 y llevó el título original de Christmas Carol (cántico de Navidad) y cuenta la historia de un hombre malvado y uraño cambia su forma de ser durante unas frías navidades debido a la visita de tres fantasmas. Un cuento para educar a los niños en el valor de la amabilidad y la generosidad.

Ebenezer Scrooge era un empresario y su único socio Marley había muerto. Scrooge era una persona mayor y sin amigos. Él viva en su mundo, nada le agradaba y menos la Navidad, decía que eran paparruchas. Tenía una rutina donde hacia lo mismo todos los días: caminar por el mismo lugar sin que nadie se parara a saludarlo.
Era víspera de Navidad, todo el mundo estaba ocupado comprando regalos y preparando la cena navideña. Scrooge estaba en su despacho como siempre con la puerta abierta viendo a su escribiente, que pasaba unas cartas en limpio, y de repente llegó su sobrino deseándole felices navidades, pero este no lo recibió de una buena manera sino al contrario, su sobrino le invito a pasar la noche de Navidad con ellos, pero él lo despreció diciendo que eso eran paparruchas. Su escribiente llamado Bob Cratchit seguía trabajando hasta tarde aunque era noche de Navidad, Scrooge le dijo un día después de Navidad tendría que llegar mas temprano de lo acostumbrado para reponer el día festivo.

Cuento navideño para niños de Dickens

Cuento de Navidad de Dickens para niños 

Scrooge vivía en un edificio frío y lúgubre como él. Cuando ya restaba en su cuarto algo muy raro pasó: un fantasma se le apareció, no había duda de quien era ese espectro, no lo podía confundir, era su socio Jacobo Marley le dijo que estaba ahí para hacerlo recapacitar de cómo vivía porque ahora él tenía que sufrir por la vida que había tenido anteriormente. Le dijo que en las siguientes noches vendría 3 espíritus a visitarlo.
En la primera noche, el primer espíritu llegó, era el espíritu de las navidades pasadas, éste lo llevo al lugar donde él había crecido y le enseñó varios lugares y navidades pasadas, cuando él trabajaba en un una tienda de aprendiz; otra ocasión donde estaba en un cuarto muy sólo y triste y también le hace recordar a su hermana, a quien quería mucho.
A la segunda noche el esperaba al segundo espíritu. Hubo una luz muy grande que provenía del otro cuarto, Scrooge entro en él, las paredes eran verdes y había miles de platillos de comida y un gigante con una antorcha resplandeciente, era el espíritu de las navidades presentes. Ambos se transportaron al centro del pueblo donde se veía mucho movimiento: los locales abiertos y gente comprando cosas para la cena de Navidad. Después lo llevo a casa de Bob Cratchit y vio a su familia y lo felices que eran a pesar de que eran pobres y que su hijo, el pequeño Tim estaba enfermo. Finalmente lo lleva a la casa de su sobrino Fred donde vio como gozaban y disfrutaban todos de la noche de Navidad comiendo riendo y jugando. Después de esto regresó a su cuarto.
A la noche siguiente, esperaba al último espíritu, pero este era oscuro y nunca le llegó a ver la cara. Era el espíritu de las navidades futuras, quien le mostró en la calles que la gente hablaba que alguien se había muerto. Después lo llevó a un lugar donde estaban unas personas vendiendo las posesiones del señor que había muerto, y también le enseñó la casa de su empleado Bob donde pudo ver que su hijo menor había muerto y que todos estaban muy tristes. Por último, lo llevó a ver cadáver de este hombre que estaba en su cama tapado con una sabana, y al final, le descubrió quien era el señor que había muerto… Era él mismo, Ebenezer Scrooge.
Cuando el despertó se dio cuenta que todo había sido un sueño y que ese día era día de Navidad, se despertó con mucha alegría, le dijo a un muchacho que vio en la calle que fuera y comprara el pavo mas grande y que lo mandara a la casa de Bob Cratchit. Salió con sus mejores galas muy feliz porque podía cambiar y se dirigió a casa de su sobrino, al llegar lo saludó y le dijo que había ido a comer y estuvo con ellos pasándosela muy bien. Al día siguiente en la mañana le dio a su trabajador un aumento y desde entonces fue un buen hombre a quien todos querían. El hijo menor de Bob, el pequeño Tim, grita contento. ¡Y que Dios nos bendiga a todos!


FIN

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La niña de los fósforos


La niña de los fósforos. Cuento de Navidad para niños

 

Un cuento tradicional navideño para leer a los niños

La pequeña cerillera, también conocido como La pequeña cerillera o La pequeña vendedora de fósforos es un cuento clásico para niños escrito por el poeta danés Hans Christian Andersen. La historia sucede en Navidad, y aunque de final triste, podemos extraer una moraleja del cuento. Se trata de una lección de compasión sobre aquellas personas que tienen menos suerte que nosotros.
¡Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta... Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad.
Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos. Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla!
Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello. En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo.
Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas.
Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa.
Le pareció a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.
Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces se apagó el fósforo.
Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.
«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho-:
- Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.
Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
-¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente... Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente.
Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.


-------FIN------

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Historia de la Navidad


Historia de la Navidad

 

Es difícil precisar cuando comenzó a celebrarse la Navidad tal cual hoy la conocemos. Lo cierto es que las costumbres, mitos y leyendas que se le fueron sumando a lo largo de los siglos provienen de muchos países diferentes.
Tampoco se conoce el día exacto del nacimiento de Jesús, aunque se sabe que fue durante el reinado de Herodes. A mediados del siglo IV, el Papa Julio I estableció la fecha del 25 de diciembre, día próximo a muchas fiestas del solsticio de invierno que se celebran en la antigüedad.
La aparición de Papá Noel también llamado Santa Claus, Sinterklaas o Pere Noel, según el país- así como la tradición del árbol navideño o la representación del pesebre, son costumbres que provienen tanto de la leyenda como de la realidad.
La figura de Papá Noel, por ejemplo, esta inspirada en la vida del obispo de Mira - en la actual Turquía- conocido hoy como San Nicolás, que fue muy popular por su bondad y generosidad con los pobres.
EL ÁRBOL:
Cuando en invierno los árboles perdían sus hojas, los germanos los vestían para que los espíritus buenos que en ellos habitaban regresaran pronto. Los adornos más comunes eran manzanas o piedra pintadas, eso fue el origen de los adornos, las bolas de cristal se incorporan alrededor de 1750 en Bohemia.
Buena parte de la tradición del árbol de Navidad, en cambio, tuvo su origen en una leyenda europea: se dice que durante una fría noche de invierno, un niño busco refugio en la casa de un leñador y su esposa, que lo recibieron y le dieron de comer. Durante la noche el niño se convirtió en un ángel vestido de oro: era el niño Dios. Para recompensar la bondad de los ancianos, tomo una rama de un pino y les dijo que la sembraran, prometiéndoles que cada año daría frutos. Y así fue: aquel árbol dio manzanas de oro y nueces de plata. Fue San Francisco de Asis quien populariza la costumbre de armar un pesebre. En su viaje a Belén, en el año 1220, quedo asombrado por la manera como se celebraba allí la Navidad. Entonces, cuando regreso a Italia le pidió autorización al Papa Honorio III para representar el nacimiento de Jesús con un pesebre viviente. A partir de ese momento, la tradición se extendió por Europa y luego por el resto del mundo. Hoy Papá Noel, el arbolito y el pesebre son los símbolos universales de la Navidad. Tan universales como la costumbre de desearles a todos y en todas partes, felices fiestas.
SIGLO XII:
La tradición católica de San Nicolás se expande por Europa, mezclándose con celebraciones similares.
SIGLO XVII:
Emigrantes holandeses llevan la tradición a EE.UU. En España se convierte en los Reyes Magos, desde allí se difunde hacia Latino América.
1087:
Los restos de San Nicolás son llevados Bari, Italia, donde se construye una iglesia en su nombre. Curiosamente en Italia quien trae los regalos de Navidad no es San Nicolás sino una bruja buena.
EL PESEBRE:
La escena que representa el nacimiento de Cristo se fue completando con el paso del tiempo Principio del siglo IV: Cristo en un pesebre y habían solamente una vaca y un asno. A fines del siglo IV: Se agregan una estrella, Virgen María, recién a partir del año 431, con el Concilio de Efeso, aparece en el centro de la imagen.
Siglo V:
Los Reyes Magos:
El Papa San León estableció que eran tres los Reyes Magos que fueron a adorar el niño guiados por una estrella. Melchor, Gaspar y Baltazar.
Regalos: Oro incienso y mirra
Significado: Rey y Dios Hombre

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